Publicado
Mar 10, 2014
Piedra de Toque.
Venezuela ya no es un país democrático y la gran movilización popular es para
que haya todavía elecciones de verdad en ese país y no rituales operaciones
circenses como son las de Cuba.
Hace
ya cuatro semanas que los estudiantes venezolanos comenzaron a protestar en las
calles de las principales ciudades del país contra el Gobierno de Nicolás
Maduro y, pese a la dura represión —20 muertos y más de 300 heridos reconocidos
hasta ahora por el régimen, y cerca de un millar de detenidos, entre ellos
Leopoldo López, uno de los principales líderes de la oposición—, la
movilización popular sigue en pie. Ha sembrado Venezuela de “Trincheras de la
Libertad” en las que, además de universitarios y escolares, hay ahora obreros,
amas de casa, empleados, profesionales, una ola popular que parece incluso
haber desbordado a la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), la organización
sombrilla de todos los partidos y grupos políticos gracias a los cuales
Venezuela no se ha convertido todavía en una segunda Cuba.
Pero
que esas son las intenciones del sucesor del comandante Hugo Chávez es
evidente. Todos los pasos que ha dado en el año que lleva en el poder que le
legó su predecesor son inequívocos. El más notorio, la asfixia sistemática de
la libertad de expresión. El único canal de televisión independiente que
sobrevivía —Globovisión— fue sometido a un acoso tal por el Gobierno, que sus
dueños debieron venderlo a empresarios adictos, que lo han alineado ahora con
el chavismo. El control de las estaciones de radio es casi absoluto y las que
todavía se atreven a decir la verdad sobre la catastrófica situación económica
y social del país tienen los días contados. Lo mismo ocurre con la prensa
independiente, a quien el Gobierno va eliminando poco a poco mediante el
sistema de privarla de papel.
Sin
embargo, aunque el pueblo venezolano ya casi no pueda ver, oír ni leer una
información libre, vive en carne propia la descarnada y trágica situación a la
que los desvaríos ideológicos del régimen —las nacionalizaciones, el
intervencionismo sistemático en la vida económica, el hostigamiento a la
empresa privada, la burocratización cancerosa— han llevado a Venezuela y esta
realidad no se oculta con demagogia. La inflación es la más alta de América
Latina y la criminalidad una de las más altas del mundo. La carestía y el
desabastecimiento han vaciado los anaqueles de los almacenes y la imposición de
precios oficiales para todos los productos básicos ha creado un mercado negro
que multiplica la corrupción a extremos de vértigo. Solo la nomenclatura
conserva altos niveles de vida, mientras la clase media se encoge cada día más
y los sectores populares son golpeados de una manera inmisericorde que el
régimen trata de paliar con medidas populistas —estatismo, colectivismo,
repartos de dádivas— y mucha, mucha propaganda acusando a la “derecha”, el
“fascismo” y el “imperialismo norteamericano” del desbarajuste y caída en picado
de los niveles de vida del pueblo venezolano.
El
historiador mexicano Enrique Krauze recordaba hace algunos días el fantástico
dispendio que ha hecho el régimen chavista, en los 15 años que lleva en el
poder, de los 800.000 millones de dólares que ingresaron al país en este
periodo gracias al petróleo (las reservas petroleras de Venezuela son las más
grandes del mundo). Buena parte de ese irresponsable derroche ha servido para
garantizar la supervivencia económica de Cuba y para subvencionar o sobornar a esos
Gobiernos que, como el nicaragüense del comandante Ortega, el argentino de la
señora Kirchner o el boliviano de Evo Morales, se han apresurado en estos días
a solidarizarse con Nicolás Maduro y a condenar la protesta de los estudiantes
“fascistas” venezolanos.
La
prostitución de las palabras, como lo señaló Orwell, es la primera proeza de
todo Gobierno de vocación totalitaria. Nicolás Maduro no es un hombre de ideas,
como advierte de inmediato quien lo oye hablar; los lugares comunes embrollan
sus discursos, que él pronuncia siempre rugiendo, como si el ruido pudiera
suplir la falta de razones, y su palabra favorita parece ser “¡fascista!”, que
endilga sin ton ni son a todos los que critican y se oponen al régimen que ha
llevado a uno de los países potencialmente más ricos del mundo a la pavorosa
situación en que se encuentra. ¿Sabe el señor Maduro lo que fascismo significa?
¿No se lo enseñaron en las escuelas cubanas donde recibió su formación
política? Fascismo significa un régimen vertical y caudillista, que elimina
toda forma de oposición y, mediante la violencia, anula o extermina las voces
disidentes; un régimen invasor de todos los dominios de la vida de los
ciudadanos, desde el económico hasta el cultural y, principalmente, claro está,
el político; un régimen donde los pistoleros y matones aseguran mediante el
terror la unanimidad del miedo y el silencio y una frenética demagogia a través
de los medios tratando de convencer al pueblo día y noche de que vive en el
mejor de los mundos. Es decir, el fascismo es lo que va viviendo cada día más
el infeliz pueblo venezolano, lo que representa el chavismo en su esencia, ese
trasfondo ideológico en el que, como explicó tan bien Jean-François Revel,
todos los totalitarismos —fascismo, leninismo, estalinismo, castrismo, maoísmo,
chavismo— se funden y confunden.
Es
contra esta trágica decadencia y la amenaza de un endurecimiento todavía peor
del régimen —una segunda Cuba— que se han levantado los estudiantes
venezolanos, arrastrando con ellos a sectores muy diversos de la sociedad. Su
lucha es para impedir que la noche totalitaria caiga del todo sobre la tierra
de Simón Bolívar y ya no haya vuelta atrás. Leo, esta mañana, un artículo de
Joaquín Villalobos en EL PAÍS (Cómo enfrentarse al chavismo), desaconsejando
a la oposición venezolana la acción directa que ha emprendido y recomendándole
que espere, más bien, que crezcan sus fuerzas para poder ganar las próximas
elecciones. Sorprende la ingenuidad del exguerrillero convertido (en buena
hora) a la cultura democrática. ¿Quién garantiza que habrá futuras elecciones
dignas de ese nombre en Venezuela? ¿Lo fueron las últimas, en las condiciones
de desventaja absoluta para la oposición en que se dieron, con un poder
electoral sometido al régimen, una prensa sofocada y un control obsceno de los
recuentos por los testaferros del Gobierno? Desde luego que la oposición
pacífica es lo ideal, en democracia. Pero Venezuela ya no es un país
democrático, está mucho más cerca de una dictadura como la cubana que de lo que
son, hoy en día, países como México, Chile o Perú. La gran movilización popular
que hoy día vive Venezuela es, precisamente, para que, en el futuro, haya
todavía elecciones de verdad en ese país y no sean esas rituales operaciones
circenses como eran las de la Unión Soviética o son todavía las de Cuba, donde
los electores votan por candidatos únicos, que ganan, oh sorpresa, siempre, por
el 99% de los votos.
Lo
que es triste, aunque no sorprendente, es la soledad en que los valientes
venezolanos que ocupan las “Trincheras de la Libertad” están luchando por
salvar a su país, y a toda América Latina, de una nueva satrapía comunista, sin
recibir el apoyo que merecen de los países democráticos o de esa inútil y
apolillada OEA (Organización de Estados Americanos), en cuya carta principista,
vaya vergüenza, figura velar por la legalidad y la libertad de los países que
la integran. Naturalmente, qué otra cosa se puede esperar de Gobiernos cuyos
presidentes comparecieron, prácticamente todos, en La Habana, a celebrar la Cumbre
de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y a rendir un
homenaje a Fidel Castro, momia viviente y símbolo animado de la dictadura más
longeva de la historia de América Latina.
Sin
embargo, este lamentable espectáculo no debe desmoralizarnos a quienes creemos
que, pese a tantos indicios en contrario, la cultura de la libertad ha echado
raíces en el continente latinoamericano y no volverá a ser erradicada en el
futuro inmediato, como tantas veces en el pasado. Los pueblos en nuestros países
suelen ser mejores que sus Gobiernos. Ahí están para demostrarlo los
venezolanos, como los ucranios ayer, jugándose la vida en nombre de todos
nosotros, para impedir que en la tierra de la que salieron los libertadores de
América del Sur desaparezcan los últimos resquicios de libertad que todavía
quedan. Tarde o temprano, triunfarán.
MARIO VARGAS LLOSA ―
EL PAÍS
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